Una mañana cualquiera.

La mañana después que me quite la vida, desperté. Me quedé unos minutos echada en mi cama mirando las grullas de papel de mi lámpara. Quietas. Me levanté, me puse la bata y las pastillas en el bolsillo.

La mañana después que me quité la vida, bajé a prepararme el desayuno. Prendí la cafetera y me quedé mirando como caía gota a gota el café. Veía el reflejo en él. No había nada.
Fui hacía la cocina y puse unos huevos a hervir. Tres minutos el primero, seis, después. Puse un par de tostadas y saqué un poco de mermelada. Me senté y puse a Nick Drake.
La mañana después que me quité la vida, me enamoré. No del chico que solía escribirme cada mañana, no del chico del trabajo ni su café, no de mi mejor amigo. 

La mañana después que me quité la vida, me enamoré de mi madre, de cómo entraba a mi habitación y se sentaba en la silla amarilla que diseñé, de la forma que cogía mis plumones y se quedaba viendo mi pizarra de pendientes.

Me enamoré de mi padre, de como detenía el carro al pasar por la universidad y cambiaba la música. De como cantaba camino a su trabajo.
Me enamoré de mi hermano, que miraba nuestra última conversación. De cómo sostenía la pulcera que le había regalado, y miraba el cielo, imaginando que yo lo estaba mirando.

La mañana después que me quité la vida, regresé a casa. Al entrar encontré a mi perro sentado mirando la puerta de mi dormitorio. Rascaba la puerta y se echaba para olfatear por la ranura. Traía la pelota y la botaba contra la puerta esperando que alguien, yo, lo dejara pasar.

La mañana que me quité la vida, salí a caminar. Fui a ese parque. Me quedé parada en medio de los arboles y levanté la vista. Ahí estaban esos pájaros grandes. Movían las ramas y había viento. Me recosté en esa banca, mirando el cielo.

La mañana que me quité la vida vi salir el sol. Vi el dramatismo que dibujaba en el firmamento, con unas nubes como arrastradas por el viento y la melodia de miles de aves al despertar.

La mañana que me quité la vida fui a la morgue y encontré mi cuerpo. Traté de regresar en él. Le hable de los árboles moviendose con el viento. De mis padres. De lo hermoso que se veía el cielo esa mañana. De mi hermano. Del desayuno y el café. De mi perro esperando mi regreso. Traté…
La mañana que me quité la vida, traté de no quitarmela. Pero no pude detener lo que ya había iniciado.

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