Fatiga emocional.

Soñé que despertaba en un colchón sobre el suelo, abrazada a un tú con pijama azul. Y suavecito movía tu brazo, y me levantaba rumbo a la cocina.

Cogía una olla, ponía un par de huevos a fuego lento y me metía, luego, a la ducha. Ya no ponía seguro. Porque tú me encontrabas ahí.

Casi siempre entrabas mientras yo lavaba mi cabello y me abrazabas por la espalda. Terminaba de enjuagar tu cabello mientras tú me besabas.

Nos quedábamos ahí por un tiempo, dejando el agua correr. Y luego, yo salía primero. Tenías ésta forma peculiar de secarte, sacudiendo el agua de tu cuerpo con tus manos.

 Yo me cambiaba al otro lado del baño y salía a apagar el fuego. Desayunaba y cogía mi bolso para emprender el viaje. Tú, regresabas a tu pijama y me despedías en el estacionamiento.

Siempre con un beso, para luego ponerme los audífonos y perderme en el camino.

El repertorio era el mismo, Sabina y la Canción más hermosa del mundo, The Killers con Read my mind, Calamaro con Crímenes perfectos

Perdí la cuenta de las veces en que se repetía la escena. Pasé por alto el significado casi oculto de toda la melancolía que se armaba por mis mañanas…

En mi memoria, los días más felices que pasé a tu lado, en uno de los lugares donde experimenté los sentimientos más profundos, sinceros e intensos que jamás he experimentado.

Un yo que no está más. Un yo que se quedó como sombra entre esas calles. Un yo diferente, inocente, incrédulo…

Alguien que sintió que lo tenía todo, al menos por un instante.
Desperté con ese recuerdo hoy y me vi en el espejo.

¿Dónde está esa chiquilla de 19? ¿A dónde fueron a parar sus sueños y sus ilusiones? ¿Soy yo esa mujer adulta con la que siempre soñó? ¿Está ella aún ahí en ése paradero sentada esperando?

Desperté con la sensación de necesitar explicarte algo. Pero me encontré con la sorpresa que la única que merecía mis explicaciones era yo.
Yo que me abandoné, que me eché al mar sin velas ni timonel.

Yo, necesitaba explicar por qué después de tanto, no podía volver a tomar las riendas de mi vida. Porque perder el rumbo no es malo, pero hoy me di cuenta que ando sin rumbo ya un buen tiempo, y es hora de volver.

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