Ellos.

Ella y el, parados muy, muy cerca. Eventualmente sus manos rozan, pero no se tocan, no se agarran. Es este juego que empezó de casualidad y ahora es adrede. Sus cuerpos cada vez mas juntos. A escondidas sus manos juegan. A escondidas se van entregando. Sin decir mucho pero demostrando tanto. Intercambian sonrisas, carcajadas, miradas. Esas miradas con las que en la intimidad suelen morir.

Ella asalta, y lo toma por el brazo, como jugando. El toma su mano, la mira, y empieza.
Esa suerte de energía que sale del pecho junto con esa taquicardia y esos miedos.
Sus labios se funden, el mundo parece mantener silencio, nada mas existe que ellos. Horas diarias de yoga y meditación, y nada de eso logra suspender tanto la mente, como esos besos, ese limbo donde son uno.

Parecen derretirse, cuando se miran a los ojos. Lo saben, lo sienten. Saben que son vulnerables. Son cómplices de su propio verdugo. Pero no importa. Y no sólo porqué ya es muy tarde, sino porque les encanta, les encanta saber que esa persona podria tirar el banquillo, pero no lo hará.

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