Nosotros.

Hasta ahora tengo grabado el día en que empezaste a referirte a ti con un nosotros.

Una simple y efímera feria inmobiliaria donde nos hicimos pasar por una pareja de recién casados y preguntábamos por departamentos y nos mirábamos con sonrisas cómplices cuando los vendedores recomendaban 3 a 4 habitaciones para nuestros futuros hijos.

Era un juego. Uno que se traslado a nuestras conversaciones diarias, donde adoptaríamos un canguro en nuestro viaje a Australia y robaríamos un banco y abriríamos una universidad. Ideas geniales, y siempre “nosotros”.

Empezábamos a trasladar la conjugación a nuestras conversaciones diarias, y entonces sin necesidad de estar presente hacíamos planes que automáticamente incluían al otro, para llegar al final del día y comparar agendas, porque el viernes “vamos a cenar con ellos” y el sábado “tenemos una boda” y el martes “vamos a pagar el teléfono y comprar la comida para el perro, así que nos queda hoy para pasarlo a solas”, y ese a solas, eramos nosotros.

No sé como pasó, porque estoy mas que segura que no te necesito. Puedo irme un día a cenar, a bailar, de viaje, de compras, a hacer tramites completamente sola, lo he hecho antes y podría seguir haciéndolo. Pero quiero esa conversación que tenemos en la fila del banco que hace que los guardias nos miren y manden un código de alerta. Quiero esa mirada tuya cuando estamos comiendo y ensucio la ropa del trabajo. Quiero tu mirada molesta, quiero tu mirada traviesa, quiero tu mirada cómplice…

No te necesito. Puedo, bien, vivir sin nosotros pero no quiero. 

 

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