Consejos de amor.

Llamadas a larga distancia, de dos horas, a las 4 de la mañana. “¿Qué hago?”
Mira, si supiera que hacer, no estaría aquí, sino allá, no contestando el teléfono, por seguro…
No, no te mando por un tubo, sólo que…
“Pero yo te veo, tranquila, feliz.” Lo sé, y sola también. Te diría que el único consejo que tengo hoy para dar es: “ama tus demonios, y tomense a diario una buena copa de vino, esas de 570 ml.”
No, no estoy tomando de nuevo. Es un decir…
No te puedo dar consejos de esos, de tipo “ya no me quiere, ¿no?”.
Te daría, mas bien, un consejo tipo “Ama, y ama, siempre, siempre, hasta darte cuenta que no tienes más a quien amar, y sigue amando aún así.”
Y es que eso es lo único que sé. Amar, incondicional, sin necesidad. Como esa sonrisa cálida a un completo desconocido. Como ese “que tenga un buen día” al taxista que te cobró el doble.
Y no te garantizo que al final del jornal termines sonriendo por como responde la vida, olvídalo, tal vez sólo quieras echarte a contemplar el techo. Pero sabes, regalate eso, un techo bonito el cual mirar dias como esos.
Porque luego, al final del dolor, las lágrimas y las angustias, terminarás mirando el techo, sabiendo que ninguna de esas estacas las lanzaste tú. Tranquila, y en paz.
No sé dar consejos de amor, sólo se amar, sólo se sentir. Sólo se entender las miradas que atraviesan el alma desde la otra esquina de la sala, mientras su boca toma un cafe, al mismo tiempo que la tuya lo hace. Como si esa taza fuera su boca, como si esa calor fuera su mano… y no sé mas. Luego, no sé mas.

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