Una calle sin fin.

Ese lugar perfecto donde solía sentarme cada mañana viendo la gente pasar.

Cada centímetro de todo aquello era una energía abrumadora que me llamaba día a día  a disfrutar de la vida.

El camino, las calles, la multitud, aquel olor frío, aquella brisa amarga, aquel tono gris. Cada respiración entraba como cuchillos por mi garganta… y aquel vapor blanco fumando la vida.

Que había mas allá?  era yo y mi tranquilidad, yo disfrutando de cada segundo, segundo a segundo de lo maravilloso que es andar sin rumbo.

Nadie se podría comparar a esa compañía  que no habla ni murmura, que no hiere y que comprende, que observa y devora paso a paso la integridad del mundo.

Soy yo y unos buenos zapatos; y la vida la que manda, tanto y tanto como el ruido de los vientos.

Me voy como una hoja por el tiempo, solo importa el asombro, la emoción y la ilusión de tan solo pensar lo infinito de todo. La incertidumbre que con cada sorbo se disipa.

Esa sensación de pensar que es el único lugar correcto la huella que mis zapatos dejaran, separándome cada vez, pensando en que pueda regresar una vez mas…

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