Deep in a dream of you…

¿Por qué estoy en este departamento, si hace siglos que me mudé de aquí, Françoise? ¿De quién es esta tierra de nadie y por qué hay un conejillo de indias que a cada rato pasa y vuelve a pasar, como si me estuviese observando, vigilando? ¿Por qué soy un intruso, un hombre que se ha metido en un departamento cuyos propietarios deben haber salido, pueden volver en cualquier momento? ¿Por qué el conejillo de indias se llama Anselmo y cómo logré yo entrar, por qué sé que si me incorporo y voy hacia la derecha llego a la cocina y sé que yendo de frente llego al dormitorio y al baño? ¿Por qué estoy sentado en un sofá y lo que tengo a mi lado son tres discos que me pertenecen -Aretha Franklin, Sarali Vaughan, Billie Holiday? ¿Por qué los he escuchado siempre pensando en ti, Françoise? ¿Y por qué es de noche y me he puesto el terno de corduroy negro con chaleco que te encantaba, y el reloj y la leontina? ¿Por qué hace años que no te espero y ahora te espero desde hace años y años? ¿Por qué es hoy año nuevo en Paris, Françoise? ¿Por qué este sueño de algo que hace siglos soñé y que sólo recuerdo cuando ando en este no man’s land? ¿Y por qué de golpe también estoy aterrizando en las islas Seychelles y caminando por playas que te pertenecen y en las que de pronto aparece Pierre y me abraza, me saluda tan afectuoso, tan joven, tan alegre, tan salud y figura…?

Oigo decir que la fiebre es muy alta y miro a una enfermera y ella no sabe que si le sonrío por toda respuesta es porque deseo que me suba muchísimo más la temperatura. Y pienso, Françoise, en las cosas tan raras que me suceden a mí, en que normalmente estos fiebrones producen pesadillas y que en cambio a mí me llevan a aquel departamento que conozco y no conozco y a París y a un año nuevo que indudablemente voy a pasar contigo, en vista de que es a ti a quien estoy esperando, ¿o no, Françoise? ¿Si…? Entonces dime ¿qué pintan aquí las islas Seychelles y por qué es Pierre, no tú, quien sale del mar y corre hacia mí, para saludarme…?

–          Yo también quise que volvieran esos años, Roberto. Y anoche corrí hacia ellos. Literalmente volé hacia ellos, cambiando de aviones, horas y horas volando desde las islas Seychelles, para llegar a París, a la Closerie de Lilas, a Enghien, aquí, a ti, a unos brazos que nunca se abrieron para mí, los tuyos, Roberto…

–          Porque tú tenías dieciséis años y yo treinta y cuatro…

–          Porque la querías a ella, Roberto, no me mientas…

–          Yo no lo siento así, Françoise… Yo… Yo me niego a recordarlo así…

–          Casi me matas de pena cuando desaparecí de tu vida… Lo hice para que te fijaras en mí, para que me extrañaras, para que me volvieras a llamar, para que regresaras a casa de mis padres, en Enghien… Para… Pero tú ni cuenta te diste de nada. Te facilité las cosas, en el fondo.

–          Ahora te he llamado, Françoise…

–          Ahora es doce años después, Roberto…

Nunca me acuerdo de muchas cosas, felizmente. Françoise se impone, las borra todas, se apodera de todos mis sueños y es delicioso que me acapare por completo, que sea todos los sueños de mi vida y el último sueño que me queda. Te debo tanto, Françoise… Desde hace muchos años, por ejemplo, ya nunca voy al aeropuerto a despedir a Elisa, que en realidad me está abandonando. Y desde hace más tiempo aún, es a ti a quien acabo de conocer y a quien quiero, te amo, Françoise.

Un amigo me ha invitado a una fiesta en Neuilly porque mi esposa me ha abandonado y debo hacer algo por olvidarla. Y lo que hago es sacarte a bailar porque he visto que me miras sonriente, que no lo ocultas, que te has fijado en mí desde que llegué y que me aceptarás si te invito a bailar.

–          Françoise, dieciséis años, liceo de Enghien.

–          Roberto, peruano, piano…

–          ¿Pianista?

–          Sólo piano bar, pero me gusta vivir en Paris, y ésa es la manera.

–          Yo vivo en Enghien, y en mi casa hay un piano…

–          Y un papá y una mamá, me imagino.

–          Y hasta un hermano mayor.

–          No te vayas, Roberto, bailemos otra vez. En cambio salimos al balcón, mi tan querida Françoise. No sé muy bien por qué, pero ahora siento que fue porque deseábamos estar solos, aislarnos de las parejas que bailaban tan alegremente y confrontar los datos que acabábamos de intercambiar. Y yo deseaba, además, que te fijaras muy bien en el anillo que llevo en la mano y en el dedo del matrimonio, Françoise, porque eres muy, muy bonita, pero hay algo más, también. Era mejor que empezáramos por confrontarlo todo: casado, treinta y cuatro años y desganado piano bar, contra dieciséis años, liceo y unos papis en Enghien. En fin, lo que se dice tal para cual. Pero eres tan linda, Françoise, que si tú no te despegas de mí, yo tampoco.

Terminé tocando Night and day, en Enghien, pero pensando de otra forma en el título y en las palabras de esa canción: Françoise es plena luz del día, yo pura noche, pura y dura malanoche.

Pero cómo la amabas, Roberto. Se te notaba en cada canción que escogías. Cuando, entrañable, sonriente, ansiosa, feliz, Françoise llegaba a visitarte a tu departamento de la rue Saint Séverin, tú siempre golpeando con un solo dedo las mismas teclas: Sad is the night, dark is the moon, et c’est fini… Era como equivocarte de nombre y saludar a Elisa, en su lugar.

Pero eres tan linda, Françoise, que si tú no te despegas de mí, yo tampoco. Y es increíble cómo me aceptan y me reciben en tu casa, como si yo tuviera dieciocho años y aún ni soñara con largarme del Perú, con estudiar piano en el conservatorio de París y terminar en un piano bar, de puro dejado y de puro que me gusta la noche, más no haber estado a la altura de una esposa que soñó con un gran intérprete, ella lo es, al fin y al cabo. Y tus padres y tu hermano me reciben Night and day, cuando no tengo que reemplazar a alguien en la Closerie de Lilas o en el Calavados, y a veces también en la rue Polonceau, marginales y peligro, en vertiginosa caída bajo fondo que en esta casita se olvida porque es tan rodeada de jardín, tan blanca por dentro, por fuera, tan campiña, tan madera y cojines, tan la chimenea y su leña, tan confort.

Me dan té, me dan whisky, me dan cariño, cuando llegamos caminando desde el momento mismo en que yo me despierto tan tarde, me ducho, yo desayuno-almuerzo, yo salgo disparado a esperarte a la salida de tu liceo en Enghien, metro, tren, tirar pata, el cigarrillo en la boca, la esquina, tanto mocoso y tú, Françoise, destacando entre ellas y ellos, apartándote para correr hacia mí, no bien me ves, esos besos en las mejillas a veces son hasta cuatro, yo siempre arrojando el cigarrillo, ayudándote con los libros y emprendiendo el camino… ¿Cómo se dice para que suene bonito, Françoise…?

Así, mira: Emprendiendo el camino a campo traviesa y rumbo a lo impecable, chimenea y campiña, soñando despiertos, sabemos inglés y nos cogemos de la mano bien fuerte cuando estamos de acuerdo en las palabras de una canción -es lo mío, finalmente- que mejor nos describen, en aquella primavera de 1972: Deep in a dream of you, mientras llegamos caminando desde el momento mismo en que yo me despierto tan tarde, me ducho, yo desayuno-almuerzo, yo salgo disparado.

Ya no es necesario encender el fuego de la chimenea para que tu papá encuentre calientita la sala, cuando regrese feliz a su casa el piloto de Air France, y ¿en qué otra cosa más la puedo ayudar, madame? Pero ella te llama Roberto y tú terminarás llamándoles Christiane y André a los padres de Françoise y nuevamente te sorprenderá que sigan aceptándote tal como eres, también el hermano Jacques, tercer año de arquitectura, parece que hubieras nacido en esa casa, tan familiarmente te trata Jacques cuando entra y te vuelve a encontrar en el piano: Ain’t misbehaving, saving my love for you

Se alargan los días de la primavera y se demoran en llegar las noches y Elisa ya ni siquiera se toma el trabajo de responder a tus cartas, que son de amor, que prometen un inmediato retorno al conservatorio, que prometen cualquier cosa, con tal de… Sad is the night, dark is the moon, et c’est fini… En Enghien queda Françoise, hermosa como un sueño de verano, pero ya tú no la llamas, no la buscas, y bebes demasiado mientras tocas en las noches interminables de un piano bar por Pigalle y los paquetes de cigarrillos se hacen humo, a pesar de lo que te dijo el médico, la tos y ese enfisema, a su edad, señor…

Françoise prepara ahora una licenciatura en inglés y no le respondes, sigues tumbado en la cama, mirando el techo y fumando, cuando una y otra vez toca tu puerta y la dejas irse y escuchas el desconsuelo de sus pasos lentos bajando la escalera, pasos preocupados, pasos tristes, tan distintos a los de hace unos minutos, sólo un par de minutos, cuando llegaba corriendo a verte y hasta sus pasos sonreían nerviosos, ansiosos, ¿estará o no estará ahí arriba, Roberto…? Roberto no estaba nunca, pero sí estaba ahí arriba, apretando muy fuerte los puños y aguantándose porque tú tenías diecisiete años ya, y quererte para él era ahora esperar hasta que te fueras, luego abrir los puños y seguir tumbado y poder toser, por fin, mientras el eco de tus pasos en la escalera se convertía en una preciosa voz escuchada en Lima, hace mil años: Y llega el amor, cuando no puede ser…

Françoise te buscó en la Closerie de Lilas y en el Calavados, pero le informaron que ya no reemplazabas a nadie ahí, de tu indisciplina, de tu tos en público, de que la gente se quejaba porque una y otra vez repetías la misma canción, sin principio ni final, Sad is the night, dark is the moon, et c’est fini…, qué era eso, sólo unos golpes con un dedo a cuatro teclas mientras encendías otro cigarrillo, qué era eso, a ver…

–          Eso se llama Elisa -te explicó el pianista que reemplazó a Roberto, en el Calavados.

Eran amigos, sí, y si tú le tenías afecto, Roberto debía cuidarse un poco, siquiera. Y la sabia y te la dio, maldita la hora, bendita la hora, la dirección de aquel antro en la rue d´Aboukir, prostitución y eso. Nos volvimos a encontrar, al fin y al cabo, y el sitio te lo dijo todo, para qué iba a agregar yo nada, ni lo de la tuberculosis, siquiera, que era la última novedad y que, ahora sí, me daba derecho a soñar, para qué diablos te volvías a cruzar en mi camino, en todo caso…

–          Eres tan linda, Françoise, que si tú no te despegas de mí, yo tampoco.

–          Te he llamado, te he buscado tanto y tanto, Roberto… Un amigo tuyo… Te he encontrado de pura suerte, mi…

–          Tocar aquí es un poco como tocar en el bar de Rick, en Casablanca -te dije, porque aquel local infame no dejaba de impresionarte, de oprimirte, de darte pena, pena por mí. Y te dije eso de Rick, sólo para poder agregar, inmediatamente y sonriendo, claro está: Pero siempre nos queda París, Françoise.

La alegría que te dio, te agachaste para besarme mientras yo terminaba de tocar sabe Dios qué, sentado ahí ante ese piano, entre el humo, y alguien golpeaba una mesa suavemente porque mi turno había terminado y seguro le daba flojera usar ambas manos para aplaudir, así serían de ahora en adelante los piano bares en que me ganaría la vida. Pero tú te sonreíste y me volviste a besar, y por eso nunca sabré qué melodía terminé de tocar cuando me incorporé y te dije vamos, Françoise, porque acababa de decidir que siempre nos quedaría París, al menos por unas semanas, con suerte por unos meses, hasta que te dieras muy bien cuenta de que yo ya…

Y esto es el que yo he llamado siempre el cielo de Enghien et c’est fini. Yo siempre quería quedarme encerrado en tu casa, simplemente encerrado contigo, con tus padres, con tu hermano Jacques. No bebía, no fumaba, me aferraba a tu casa como si aquello me fuera a quitar para siempre la tos. Pero tú, en cambio, soñabas con quedarte siempre en Paris, con venirte corriendo a mi departamento de la rue Saint Séverin, no bien terminabas con tus clases en la facultad. Tú y la noche ganaron, por supuesto, y el cielo se trasladó de Enghien a Paris, a la Closerie de Lilas y al Calavados, noche tras noche, porque los pianistas eran mis amigos y me dejaban firmar y cuando entrábamos, ¿te acuerdas?, nos recibían siempre con Deep in a dream of you, sabe Dios por qué, tan linda la coincidencia, en todo caso para qué preguntarse más…

Pasábamos más noches en mi departamento que en tu casa de Enghien y faltabas a clases y nos despertábamos para un desayuno-almuerzo y después salíamos a vagabundear por Paris y yo había vuelto a fumar y a beber, aunque no en tus sueños, me di cuenta perfectamente, porque a mí me pasaba exactamente lo mismo con Pierre, aquel abrumador ejemplo de mente sana en cuerpo sano que te seguía, que te perseguía, que te convenía, aquel noble y generoso muchacho que poseía una casa en las islas Seychelles y que en un par de años más se convertiría en un joven y ambicioso diplomático francés. Tú le huías a Pierre, pero cuando él se humillaba y te buscaba en mi departamento, cuando por sus tímidos golpecitos en la puerta sabíamos que sólo podía ser él, yo no te hacia caso, Françoise, yo iba y le abría, yo lo hacía pasar y le invitaba una copa…

… juntos una noche… íbamos caminando los tres juntos por la rue Champollion y en un cine de esos de arte y ensayo daban una película llamada Elisa, vida mía. Eso bastó, parece ser…

–          Ni siquiera me dirigiste la palabra, aquella noche, Roberto. Enterrabas la mirada en tu vaso de whisky y ni siquiera me respondías cuando te hablaba. Para mí ya no quedaba París alguno y pensé que la única manera de que te dieras cuenta y reaccionaras era desaparecer…

–          ¿Te fuiste con Pierre?

–          A las islas Seychelles, sí. Pero en mi casa dejé dicho dónde me había ido y cuándo regresaba, para que te informaran. Y hasta dejé dicho que me enviaran un telegrama, para regresar volando, si me llamabas. Nunca llamaste.

Nunca llamé, es verdad. Pagué deudas vendiendo una casa que habla heredado en el Perú y me sobró dinero para partir a Niza, para instalarme y dejar de beber y fumar, para volver a estudiar seriamente, para sanar y nunca volver a un piano bar. Poquísimas cosas me llevé de París, y en el pequeño departamento en el que he vivido hasta hoy ya no entró Elisa. Siempre hubo, en cambio, sobre el piano, una foto de familia que nunca he dejado de mirar. En ella estamos André y Christiane, Françoise, Jacques y yo. Somos pura sonrisa, son risa de alegría, de estamos todos muy, muy bien, muchísimas gracias, sonrisa de verdad, en el jardín delantero de la casa de Enghien. A la derecha está la foto eterna que le tomé yo a Françoise. Lleva un gran sombrero de paja, casi una pamela, de alas muy grandes y algo caídas y una cinta y una flor. Y sus ojos son de ese color verde único con su incomparable gotita de gris. Y también el traje es de un color beige muy claro y muy florido en azul y verde, por más que la fotografía es en blanco y negro. Me encanta haber tomado yo esta instantánea porque es Françoise eternamente y porque el día en que supe que la había amado siempre, que la había adorado, yo llamé a esa foto y Françoise y yo nos alegramos tanto que ella salió disparada de las islas Seychelles para asistir a mi primer concierto en la sala Pleyel, ahora que nos volvía a quedar Paris…

Y como no la quise llevar a un hotel, aquel año nuevo, y como me alojé en la rue Saint Séverin, en el mismo departamento que doce años atrás le dejé a unos amigos que se han ido a recibir el año en casa de otros amigos, aquí estoy esperando a Françoise, como entonces, como si nada, con el viejo terno de corduroy negro que nunca más usé, gracias a Dios, porque se conserva bastante bien aunque me queda algo más ancho que entonces, siempre por lo de la tos, claro, con la misma corbata, y con la impecable camisa que me han prestado. Y qué bueno que nunca vendiera el antiguo y anticuado reloj de leontina que tanto le gustó siempre a Françoise. En realidad, no venderlo ha sido mi manera de quererla, de serle fiel. Y los discos que tantas veces escuchamos juntos también los he traído. Todo está listo, todo está perfecto, menos ese conejillo de indias que pasa y pasa y que me observa, y que me está vigilando, ¿por qué se llama Anselmo?, ¿por qué los dueños de casa no me han avisado que puedo morirme como una rata?

–          Ahora te he llamado, Françoise…

–          Ahora es doce años después, Roberto…

–          ¿Y…?

–          Te amo, Roberto. Como siempre, como toda la vida, como en la foto en blanco y negro en que mis ojos son de este color verde, verde con su gotita única de gris y la sonrisa que me produce eternamente la alegría de estarte viendo.

–          Eres tan linda, Françoise, que si tú no te despegas de mí, yo tampoco.

Niza, 3 de enero de 1987
Sra. Françoise Delay
Consulado de Francia en Roma
Italia

Estimada señora,

Cumplo con el penoso deber de informarle que el Sr. Roberto de la Torre falleció ayer, en el Hospital General de Niza, donde llegó ya muy grave, hace una semana, por su propia voluntad. Quiero decir que, durante los años en que vivió en esta ciudad -doce, en total-, el Sr. de la Torre no consultó nunca con un médico, aunque desde la época en que vivió en París se le habla diagnosticado un enfisema pulmonar y tuberculosis, según manifestó él mismo, al ser ingresado.

Trabajó hasta hace dos años en un piano bar situado a pocas cuadras de este hospital, donde no recibió visita alguna. Y, en vista de que su familia reside en el Perú, se ha procedido ya a avisar al consulado de ese país en Marsella, por ser el más cercano a esta localidad.

Han sido sus padres, estimada señora, los que han tenido a bien facilitarme su dirección en Roma, cuando les informé que llamaba por encargo del Sr. de la Torre, para transmitirle el siguiente mensaje. O, más bien, para hacerle saber que, en sus pocos momentos de total lucidez, el Sr. de la Torre me rogó que le repitiera las siguientes palabras, a las que se refirió en todo momento como «Sus últimas». Son éstas, textualmente, pues he tomado debida nota:

“Muero muy feliz, gracias a ti, como siempre, mi tan querida Françoise. Tú me entiendes, estoy seguro. Sueño y sueño contigo y ni las más altas temperaturas me impiden morir feliz a tu lado, como siempre, ya te lo digo, en Enghien, en la Closerie des Lilas, en el Calavados, y en mi departamento de la rue Saint Séverin, una vez más, este año nuevo.”

Tal vez deba agregar, estimada señora, que el Sr. Roberto de la Torre sonreía en el momento en que entró en un brevísimo coma y que entonces mencionó muy afectuosamente a su esposo, que el Sr. de la Torre sonrió asimismo al mencionar un viaje a las islas Seychelles que «estaba a punto de hacer», y que apenas balbuceó algo acerca de un conejillo de indias llamado Anselmo, que, tengo la absoluta seguridad de haberle oído decir-: «Deep in a dream of you, molesta, Françoise».

Quedo a su entera disposición, y la saludo muy atentamente.

Doctor Jean François Devin
Hospital General
Niza
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